La falacia y lo relativo

Per se, el tiempo avanza a velocidad constante. Luego vienen la relatividad.
Relatividad.
Un minuto no son sesenta segundos. Hay intervenciones que modifican la percepción temporal. Y todas van vinculadas a lo subjetivo (dolor, temperatura, placer…). AsÃ, vemos que algo aparentemente objetivo como es el tiempo, sujeto a unas reglas matemáticas, cae ante el poder de lo subjetivo, de lo que nadie controla.
¿Y quién soluciona esto? ¡Pero si yo soy un racionalista empÃrico radical! ¿Cómo osa nadie manipular algo tan sagrado como El Tiempo? Vamos mal. Un minuto son sesenta segundo aquà y en la conchinchina.
No a lugar. Recuerdo el minuto previo a meter el féretro de mi padre en el nicho. Lo recuerdo rápido, ausente. La gente se me acercaba y yo era un autómata de las respuestas. Correcto, sereno, pero desposeÃdo del control temporal. Fue vertiginoso. No acierto a contar las respuestas que di, pero era todo tan sencillo…Pura cuestión de control social y de conocimiento de normas. Vi cómo el control sobre un aspecto (comportamiento y protocolo) sometÃa a otro control (el tiempo avanzaba y yo ni lo percibÃa). ¡La victoria de lo objetivo sobre lo subjetivo! ¡Al fin! Probablemente aquel minuto fueron diez…quizá quince…Pero yo lo tengo procesado como un minuto.
El siguiente minuto fue lo que tardaron en meter el féretro en el nicho. Fue largo, de recorrido extremadamente lento. Por un instante sospeché que podrÃa detener el tiempo. Simple defensa de mi mente, que se aferraba a mi padre, que no querÃa ser testigo de lo que estaba (vi)viendo. QuerÃa una vuelta atrás. Chirriaban las ruedas del carro que lo llevaba, todos guardaban silencio y se escuchaba el sonido que los paletas hacÃan al preparar el sellado, el arrastrar de la madera sobre piedrecillas sueltas…Fue todo tan lento que lo controlaba todo. Era un control prácticamente total. Sólo se me escapaba una milésima parte de todo. La milésima más grande. No era capaz de controlar la vida.
El siguiente minuto fue vertiginoso, como recuperando la velocidad perdida en el anterior. Fue la misma sensación que se tiene cuando estás atravesando un tunel en un tren, y estás mirando la pared negra. No ves nada. Tu cuerpo nota el pasar del tiempo y la sensación de velocidad que el traqueteo y el ruido te proporcionan, pero la vista te dice que estás parado. No ves nada. El cerebro sufre una dislocación y queda absorto. Pero no hay fase de transición al salir de un tunel. La pared termina y tu vista pasa de percibir cero a percibir millones de sensaciones. Se desbloquea. Recuperas el sentido temporal y el velocÃmetro vuelve a su estado natural de desfase. Estás vivo. El minuto anterior ha terminado.
El tiempo deja su huella y perpetúa las rutinas, y lo que otrora fue pica viva, donde mis manos no llegaban a alcanzar el borde para colgarme y ver el discurrir del agua jabonosa, donde luego alcancé a ver y descubrà en él el aburrimiento, donde dos amantes se apoyaban para dar rienda suelta al descubrir del sexo, donde fotografié el abandono, donde la tecnologÃa dio muerte a la poesÃa…hoy no es sino una naturaleza muerta, que, paradoja, genera vida de nuevo, y emerge de su letargo. Una sencilla pica, un fregadero roÃdo. Todo como testigo de todo.
El fregadero donde mi madre lavaba la ropa era, para ella, ladrón de tiempo y vestigio de esclavitud. Obligación, cadena y prisión. Y su tiempo pasaba lento. Apenas avanzaba. Yo disfrutaba intentando alcanzar a ver qué lavaba mi madre, cómo frotaba los tejidos, y escuchaba aquellos sonidos…Mi tiempo se dilataba, y yo disfrutaba de aquellas sesiones, que grabaron datos en mi subjetividad dirÃa yo casi que a fuego.
Mis minutos son mÃos, y si no los vivo yo, el tiempo los devora. Es al vivir esas minucias llamadas minutos, cuando al final del viaje, en aquel tren que atravesaba túneles y bloqueaba mi mente, tenÃa la sensación completa del viaje, la vuelta al principio de la estación desde el punto de destino, el paso por los puentes, los giros de cabeza para modificar la velocidad de los árboles de fuera. Y aquel largo viaje que llegué a entender pasó a ser, del modo más simple, otro minuto.
Y la pica ahÃ. Desmontada. Un hito derrotado. Una metáfora de mi propia vida. La falacia del tiempo. Y sentà que aquel despojo, era el principio de mi vida. Y pasó de ser una vida a un minuto, del modo más simple.
