La paradoja
Lo admito. Me venció el packaging. En la barra de la cafeterÃa, abatido por el cansancio, el sueño y que era lunes por la mañana, me quedé con la vista perdida en los estantes de debajo de la máquina de café. Me vi atrapado por una pequeña caja de colores. Era una mezcla de la carta de ajuste, la bandera gay y una cajita de rape del siglo XIX. He de confesar que me importaba un huevo qué hubiese dentro. Pero la caja era digna de tener.
La compré. Me la llevé al despacho y la puse en la mesa. Quité todos los papeles de encima de la mesa para que no tuviese competencia, para que fuese la niña de mi lunes. No era consciente de qué habÃa comprado. De hecho sólo pensaba en colores. No paraba de pensar en colores. Y cuando abrà la caja…cuando abrà aquella encantadora cajita…
No pude parar de reir en mucho rato. Allà estaban, habÃa decenas. Pequeñas pastillitas de color negro intenso. Negro muy negro. Y no pude parar de reir.
