Castigado
No me habÃa portado especialmente mal. Quizá alguna desavenencia con la profesora, pero nada fuera de lo común. ¿Qué niño no ha disparado granos de arroz con un boli Bic a las orejas del compañero de delante alguna vez? Pero mi profesora debÃa tener un mal dÃa, y la tomó conmigo. Terminé la mañana encarado a la pared, de pie, sin poder salir de clase a la hora del recreo para comerme mi bocadillo de paté. Y lejos de pensar en corregir mi actitud, lo que yo querÃa era meterle a la profe con mi lanazagranos customizado en toda la cara, meterme un buen puñado de arroz a la boca, y lanzarlos cual ametralladora alemana, arrasando todo lo que se interpusiera entre la puerta de salida y yo.
¡Zas!
Un soberano cate me cayó en la cabeza, justo donde uno suele a quedarse calvo con los años. Sonó fuerte y seco, y toda la clase se giró para reÃrse. La profesora puso manos en su cintura, pero no cantó ninguna jota. Se limitó a reclamar la atención del resto de la clase, y culminó mi humillación con una frase lapidaria:
- ¡Hay que ser idiota para creer que se está pensando cuando lo que se está haciendo es hablar en voz alta! ¡Olvida tu ametralladora, zoquete, y ve pensando qué les vas a decir a tus padres cuando les cuente lo que me quieres hacer en la cara!
Yo ya no sabÃa que hacer, ni qué decir, ni tan siquiera cómo ponerme.
Y mi cerebro terminó por hundirme.
- So puta…- dije, mientras creà que pensaba.
