Apocalipsis
Desde el cielo, y no se sabe cómo ni porqué, comenzarán a caer rayos y truenos, langostas y más langostas, y será el acabóse. No habrá nada ya. Todo quedará arrasado por la desoladora imagen de la soledad. Por la mutilación de los árboles, por la sangrÃa de los animales, racionales e irracionales. El suelo quedará sembrado de aves muertas, que en su intento de superar la altura del nacimiento de lo que caÃa, impactaron contra los rayos, y cayeron calcinadas.
Reinará el silencio. Pero será breve. Y sin saber cómo ni porqué, se oirá, ya sin eco por no tener las ondas dónde rebotar, un pequeño hilo de sonido, un ras…ras…ras…ras…circular y cÃclico, de un viejo tocadiscos, aún en su caja de cartón, procedente de un traslado.
Y en la caja, algo magullada por los dramáticos instantes previos, el paraguas de la salvación. Es lo único que quedó. La caja de cartón, la imagen del paraguas con aquella grafÃa profética de agua, rayos y truenos, y el ras-ras-ras periódico.
Ras…ras…ras…ras…ras.
