Odio mi trabajo
Como cada equis tiempo, y como cada equis cantidad de gente, mis ánimos terminan estampados contra el suelo, de manera traidora, como si me hubiese subido a la azotea a fumar un cigarillo y contemplar la urbe, y algún gracioso me hubiese empujado por la espalda.
Lo cierto es que mi trabajo me gusta. Esto del diseño gráfico tiene cosas muy interesantes, que no voy a enumerar ahora para no ser un onanista laboral. Pero sus peros suelen ser amargantes, y no por la lucha con el concepto en busca de una solución visual a un problema dado, sino por la inversión de fuerzas en pelearte con el cliente, que por lo general no tiene ni un asomo de conocimiento de lo que habla (supongo que algo asà se deben sentir los entrenadores de fútbol cuando ven que todos saben de su trabajo y se sienten libres de criticarlos).
Asà que bajo el amparo de Don Quijote, y luchando contra terribles molinos de viento (ahora son parques eólicos), uno termina desesperanzado, y acaba por ceder ante el cliente, y dejando que éste meta cuchara en los proyectos y los destroce con total impunidad. Y deja de pegarse contra lÃneas gráficas, conceptos de comunicación, campañas de prensa, aplicaciones diversas y clientes déspotas que abren la bocaza para demostrar que ellos, además de tener el talonario en la mano, tienen la incosciencia en la punta de la…lengua.
Pero un dÃa uno recibe un mail, de un trabajo que en su dÃa juzgó como poco importante (error habitual de los diseñadores) y ve vivo el trabajo de una mañana.
Coño…qué refrescante es ver algo fuera de la palabrerÃa inglesa de los creativos. ¡Viva el abanico ibérico!
